domingo, 27 de agosto de 2017

Anselmo Carretero: Castilla y la nación de naciones

Artículo publicado en Libertad Digital el 24 de agosto de 2017:
Anselmo Carretero: Castilla y la nación de naciones
Instalado entre el oportunismo y la irresponsabilidad, Pedro Sánchez afirma, grave y convencido, que la España que pretende gobernar es un Estado plurinacional, definición que sostiene Pablo Iglesias desde los tiempos en que, emocionado, hablaba en las herriko tabernas. Incapaces de escapar al síndrome de Estocolmo autonómico y al tiempo sabedores de la rentabilidad de mostrarse serviles con determinadas facciones territoriales, las autodenominadas izquierdas españolas vislumbran la solución al «problema territorial» en la invocación de la plurinacionalidad de España que, naturalmente, se traduciría en la consagración de la desigualdad entre españoles, la estabulización cultural y el blindaje de los grupos de poder que oscilan entre la aldea, la región y el parasitismo del Estado que aborrecen.
Ocurre, no obstante, que tan visionarios políticos son incapaces de determinar la cantidad de naciones que compondrían la pretendida nación de naciones que a ellos se les presenta como evidente sin reparar en la contradicción política de tal expresión. Ante la pregunta por el número de tales naciones, probablemente aparecería en primer lugar la clásica terna Cataluña-Vascongadas-Galicia, convertidas en Catalunya, Euskal Herria y Galiza al ser pronunciadas por los paladares más exquisitamente correctos. O lo que es lo mismo, aquellas que durante la convulsa y efímera II República alcanzaron un estatus que debía tanto al cultivo del mito de la Cultura como al agua bendita. Tras el mentado trío, surgirían los Países Catalanes, la Andalucía siempre postrada, el León que anhela recuperar el telúrico llionés, la Asturias del bable normalizado o la Cantabria del lábaro. De este modo, el proceso plurinacionalizador podría continuar indefinidamente hasta alcanzar los evanescentes límites sanchistas: los del sentimiento expresado en las urnas. Olvidando que nación dice soberanía, apropiación de territorio, fronteras en definitiva. En este contexto: ¿qué hacer con Castilla? 
La respuesta a tal pregunta, pero también al magnetismo que ejerce el rótulo «nación de naciones» entre algunos distinguidos miembros de la efebocracia socialdemócrata, puede encontrarse en una obra de Anselmo Carretero titulada La personalidad de Castilla en el conjunto de los pueblos hispánicos. El libro, de elocuente título, resultó ser una ampliación de la conferencia dada por el autor el 29 de julio de 1957 en el Orfeón Catalán de México, y vio la luz en Madrid en 1966 tras una edición mexicana pensada para la colonia republicana allí afincada.
Ahora que en muchas manifestaciones ondea la bandera morada con la estrella roja en medio reivindicando las esencias comuneras de Castilla, el texto de Carretero, con su medio siglo de antigüedad, cobra el máximo interés, pues en él se refutan las principales acusaciones con las que ha debido cargar tal región, indudable nación para algunos. El orador desmiente a quienes han acusado a Castilla de encabezar un estado autoritario, unitario, centralista, «apoyado en una altiva aristocracia y en las altas jerarquías de la Iglesia; de una nación que al servicio de una idea imperial y con un puñado de capitanes y soldados realizó la asombrosa proeza de la conquista de América; de un pueblo intolerante y devoto del absolutismo que, con la espada y la hoguera, impuso su religión  su voluntad a propios y extraños». Frente a estos lugares comunes, en los que a menudo cae Carretero, la mayor parte del volumen está dedicado a señalar las diferencias entre la democrática Castilla, vinculada íntimamente al País Vasco hasta constituir lo que denomina estado o federación vascocastellana, y el imperialista León, dominado por la nobleza y la Iglesia.
En este contexto, que ahonda en la fisura que divide, y aún enfrenta, a Castilla y a León, la primera aparecerá como netamente federalista. Un federalismo que se hallaría en las esencias castellanas asfixiadas bajo prestados ropajes imperialistas impuestos desde las altas esferas. Un federalismo primigenio que anticiparía, gracias a la institución del concejo, los modos asamblearios a los que también se ha convertido el PSOE de Sánchez, libertador de unas bases dominadas por las baronías regionales que, paradójicamente, han trabajado durante décadas para construir las estructuras pseudoestatales dispuestas para la incierta federación, para su concurso en la España plurinacional, federal y asimétrica que anhela el político madrileño. Los atributos imperiales con los que ha debido cargar esa Castilla donde «nadie es más que nadie», habrían, siempre según Carretero, escamoteado su carácter nacional. Castilla nación, he ahí la actualidad de un texto confeccionado a finales de los 50, años antes de que el federalismo anticomunista y europeísta español se reuniera en Múnich, y continuara sus actividades, auspiciadas por el Congreso por la Libertad de la Cultura, en España, dividiendo inicialmente el territorio nacional en dos comunidades: Castilla y Cataluña, y mirando de reojo, como hace Carretero, a Portugal. Décadas después de que se pusieran en marcha estos trabajos identitarios e históricos, España y Portugal contarían con gobiernos socialdemócratas, si bien en la segunda de las naciones las posibilidades legales del secesionismo quedaron neutralizadas de raíz.
El largo recorrido desplegado por Carretero, que encuentra los resortes del carlismo en la expropiación de bienes comunales, desemboca en la unión de los pueblos hispánicos bajo la estructura de la nación de naciones que obraría el milagro de la armonía ibérica. A su juicio, el federalismo también libraría, tal y como fabula hoy Sánchez, a España del secesionismo. Como es sabido, el influjo de estas tesis alcanzó en su día a Maragall y a Zapatero, que llevó hasta el límite su fe irenista impulsando la Alianza de Civilizaciones. Imbuido de ese federalismo ambiental, Sánchez acaricia la idea de habitar La Moncloa y gobernar una España desnacionalizada a fuerza de altas dosis de plurinacionalidad, apoyado por socios ahítos de hispanofobia.


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