miércoles, 26 de julio de 2017

Desertores españoles

Artículo publicado en Libertad Digital el 20 de julio de 2017:
Desertores españoles

«Emboscados», «inasequibles», «automutilados», «heridas contagiosas», «manos de princesa». Ocho décadas después, algunos de estos términos o expresiones han perdido los precisos perfiles que tenían dentro del bélico contexto de la Guerra Civil. Como contraste, inmutable desde su origen latino, la palabra «desertor» sigue respondiendo al significado que tenía en el dieciochesco Diccionario de Autoridades. Desertor es «El Soldado que desampara y dexa su bandera».
El entrecomillado quinteto que encabeza este escrito forma parte de la terminología empleada en la exitosa obra Desertores. Los españoles que no quisieron la Guerra Civil (Almuzara, 2017) que firma Pedro Corral, y que viene a ampliar su cotizado precedente: Desertores. La Guerra Civil que nadie quiere contar (Debate, 2006). Un libro que se interna en la retaguardia, campal, pero también psicológica, moral e ideológica, de una guerra marcada por las quijadas prietas y las exhortaciones grandilocuentes que sobreviven en la magnífica cartelística de la época. No en vano, la guerra se disputó en las trincheras, pero también, y de manera muy potente, en el terreno de la propaganda.
Desertores visita los frentes, pero lo hace para dar cuenta de la numerosa casuística ajena a lo heroico. La de aquellos individuos, estuporosos en los informes médicos, paralizados por el terror, pero también la de los que no acudieron o cambiaron de lugar, por diversos motivos, alrededor de las cambiantes fronteras internas dibujadas por los dos ejércitos españoles que se enfrentaron sobre su misma patria, allí donde se le da tierra a los muertos propios. Bandos que, nutridos en el inicio por voluntarios ideologizados por la lucha de clases, el impulso religioso o cualquier otro resorte, hubieron de ser fortalecidos por levas, incentivos económicos o nutritivos, o brutales amenazas para la vida de los futuros soldados o sus familiares, a veces sostenidos únicamente a la paga del hijo movilizado o coaccionados por el miedo a las represalias.
Marcado por el rigor y el equilibrio, pero también por la emoción que perdura en documentos y cartas de la época, el libro de Corral repasa todas las modalidades de deserción dentro de una España que recordaba con nitidez, como Emilia Pardo Bazán ya denunció en su día, quiénes habían aportado carne a los cañones que se dispararon en Cuba, Filipinas o el norte de África. En aras de tal rigor, el autor ofrece unos datos que cuestionan las visiones más épicas, y a menudo maniqueas, de la contienda. Las cifras que aporta Corral ofrecen un panorama muy distinto al que habitualmente se presenta: una España radicalmente dividida en dos partes enfrentadas de un modo feroz e irreconciliable. Frente a tan cainita visión, a la que renunció el PCE en 1956, y que, no obstante, fue retomada por Rodríguez Zapatero tras la aprobación de la Ley de Memoria Histórica, hoy plenamente vigente, Corral sostiene que los voluntarios que tomaron las armas fueron 120.000 mozos por la parte gubernamental, mientras por la sublevada lo fueron 100.000 hombres. Tan magras cifras de combatientes impulsados por sus ideales, obligaron a recurrir al alistamiento forzoso como medida para nutrir de oleadas de soldados, en muy desigual grado de implicación, a ambos ejércitos. Gracias a este recurso la República movilizó 26 reemplazos, los comprendidos entre 1915 y 1941, mientras el bando franquista hizo lo propio con 15, los que iban de 1927 a 1941. Como en toda guerra civil, también hubo una dimensión internacional, la de los brigadistas por el lado de la República, y la de los 180.000 soldados de las tropas italianas y marroquíes que apoyaron a Franco.
En definitiva, del análisis de Corral se deduce que de los, en teoría, 5.000.000 de hombres que pudieron acudir a las batallas, tan sólo lo hicieron la mitad. Es decir, no más de 2.500.000 de españoles visitaron el frente, mientras otros tantos buscaron la manera de no hacerlo por diversos cauces, legales o no. O lo que es lo mismo, apenas un 10% de la población sufrió los rigores de la guerra en primera línea. Desamparando banderas –carlistas, falangistas, anarquistas, socialistas, comunistas- que probablemente carecían de significado para muchos, un gran número de españoles se convirtieron en desertores de una guerra que, sorprendentemente, continúa hoy, dándole la vuelta al aserto de Clausewitz, por cauces tan lejanos de las trincheras como próximos a las moquetas.
Desertores, rara avis dentro del subgénero guerracivilista, hace añicos el mito de las dos Españas enfrentadas a fuego durante tres años tras los que se fraguó un régimen que, cimentado en la irregular cohesión de determinadas facciones ideológicas, desembocó en la actual España autonómica. Abandonadas las trincheras, falangistas de aluvión, maquis, censores, delatores y otras especies, florecieron, ofreciendo más material para la afilada pluma de Corral.

lunes, 17 de julio de 2017

Hugh Thomas, Cortés y Lutero

Tribuna Pública publicada el lunes 17 de julio de 2017 en ABC:
Hugh Thomas, Cortés y Lutero

El reciente fallecimiento de Hugh Thomas dejó un reguero de obituarios que destacaban sus trabajos sobre la Guerra Civil recogidos en las ediciones que circularon de su La Guerra Civil Española, publicada en Ruedo Ibérico en 1961. La obra, posteriormente ampliada, tuvo un considerable impacto. El ensayo, publicado por la editorial parisina dirigida por el exiliado anarquista José Martínez Guerricabeitia, que acogería a los revisionistas Fernando Claudín y Jorge Semprún, recién expulsados del PCE, ha vuelto a ser noticia al conocerse determinadas pero significativas diferencias entre lo escrito por Thomas en la lengua de Shakespeare y lo traducido…
El cotejo de ambos textos, realizado por el profesor de la Universidad de Gante, Guillermo Sanz Gallego, arroja una nítida conclusión: Guerricabeitia aplicó un prisma guerracivilista al escrito de Thomas, cuyos efectos dan un interesado sesgo, siempre en la misma dirección, al trabajo del británico. El método consistió en la introducción de omisiones y en manipulaciones de cifras, como la que multiplicaba por diez el número de falangistas involucrados en el golpe del 18 de julio de 1936.
La fascinación de Thomas por España había comenzado años antes, cuando en 1955 su padre le invitó a pasar unas navidades en Torremolinos, antes de que Fraga promoviera el «Spain is different!» que conectaba con aquellos impertinentes viajeros transidos de romanticismo que pusieron sus ojos en una nación a su juicio exótica y orientalizante. Viajeros que de algún modo abrieron el camino a los hispanistas. Acaso en aquel todavía apacible enclave malagueño naciera la pasión hispana de Thomas, la que le llevó a estudiar la guerra fratricida, pero también el periodo de máximo esplendor imperial de la Monarquía Hispánica.
Sea como fuere, su estancia vacacional dio inicio a una serie de visitas que, andando el tiempo, le llevarían a recoger las más altas distinciones académicas de nuestra democracia coronada. Pocos saben, no obstante, que el mismo año en el que aparecía su obra en París, Thomas participó en Madrid en el coloquio Soluciones Occidentales a los problemas de nuestro tiempo. El encuentro, de anhelos federalistas y europeístas, auspiciado por el Congreso por la Libertad de la Cultura en colaboración con la Asociación Española de Cooperación Española, juntó en una misma mesa a Thomas, Edgar Morin e Igor Caruso, que abordaron la siguiente cuestión: «Soluciones occidentales a la tensión Cultura “d´elites”-Cultura de masas». No fue este el único tema de debate. Antes, Pedro Laín, Altiero Spinelli y Julián Marías debatieron sobre «Federalismo y nacionalismo como soluciones históricas de Occidente», mientras John H. Ferguson y Tierno Galván buscaban «Soluciones occidentales a la tensión Capitalismo-marxismo». Espectadores de tales debates fueron personalidades como Lilí Álvarez, Aldecoa, Buero Vallejo, pero también Dionisio Ridruejo o Pablo Martí Zaro, participantes años después en el Contubernio de Múnich antes de encuadrarse en organizaciones que orbitaban alrededor de la CIA. No en vano, junto al contingente español, también se dejaron caer por Madrid los Jelensky, Bloch Michel, Bondy y Pierre Emmanuel, encargados de aglutinar a muchos de los asistentes al Coloquio.
Décadas más tarde, Thomas abrió una fructífera etapa centrada en la España imperial, marcada en gran medida por las poderosas figuras de Hernán Cortés y Carlos I. Su libro La Conquista de México tuvo un gran éxito, al reconstruir el mundo mexica prehispánico y la acción de uno de los conquistadores españoles favoritos de los cultivadores de la leyenda negra. Thomas afirma, apoyándose en material documental, que Cortés «nació hacia 1482», en lugar del 1485 que figura habitualmente en las biografías del metelinense. El detalle no es baladí, pues adelantar su nacimiento encaja con la visión providencialista con que a menudo fue tratado Cortés. No por casualidad fue el franciscano Jerónimo de Mendieta, quien más subrayó el componente evangelizador de la obra de Cortés, perfilado como el Moisés del Nuevo Mundo. Si el profeta cruzó el Mar Rojo, el español, también destructor de la idolatría y el paganismo, hizo lo propio con el Océano Atlántico. Al mentado paralelismo mosaico se unió otro de mayor actualidad y beligerancia política y religiosa: Cortés, al que el clérigo vitoriano hacía coincidir en su año de nacimiento con Lutero, se convertía en una contrafigura del alemán impulsor de la Reforma. Protector de las órdenes religiosas, Cortés era el antiLutero, tesis a las que se adhirió posteriormente el profesor de la Universidad de Salamanca, Fernando Pizarro y Orellana, que precisa en sus Varones ilustres del Nuevo Mundo…: «Nació este ilústre Varón el dia mismo que aquella bestia infernal, el Pérfido Heresiarca Lutero»


Siglos después, el jesuita argentino Jorge Mario Bergoglio, Papa de la Iglesia Católica bajo el nombre de Francisco, llevado por su radical irenismo, firmaba, dentro de los actos conmemorativos del 500 aniversario de la Reforma protestante, una declaración junto al presidente de la Federación Luterana Mundial en la que ambos rechazaban todo tipo de violencia en nombre de la religión. La rúbrica se estampó un año después de que el Pontífice pidiera «humildemente perdón» por «las ofensas de la propia Iglesia católica» y «los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América».

sábado, 10 de junio de 2017

Presentación de "El mito de Cortés" en la UNAM

El mito de Hernán Cortés

Buenos días, España | 09-06-2017

Buenos días, España | 02-06-2017

Buenos días, España | 05-05-2017

jueves, 11 de mayo de 2017

Mesa redonda sobre la influencia de Gustavo Bueno en publicaciones sobre Historia y Literatura

Mesa redonda
Presentación de publicaciones
Modera: Atilana Guerrero
Intervienen:

Pedro Insua
Iván Vélez
Jesús G. Maestro

III Jornadas sobre Literatura y Materialismo Filosófico

Madrid, 19 abril 2017

Coordinación
Jesús G. Maestro


https://www.youtube.com/watch?v=mvb1XWNbcv8