viernes, 10 de marzo de 2017

Buenos días España | 10-03-2017

El Gato al Agua | 08-03-2017

Nosotros no parimos

La Gaceta, domingo 5 de marzo de 2017:
Nosotros no parimos

«¡Nosotras parimos! ¡nosotras decidimos!». El lema, acompañado por un gesto manual que pretendía representar una vagina, es un clásico del movimiento a favor de la libertad de las gestantes para abortar los fetos, es decir, para acabar con la vida –abortar es despedazar- de otros cuerpos alojados en sus úteros. Tal voluntad, entendida como liberación, y circunscrita efectivamente a las que pudieran ser madres, sólo recibió un respaldo legal en Cataluña, una vez comenzada la Guerra Civil, siendo la cenetista Federica Montseny quien legalizó unos meses después tal práctica para toda España en 1937. Casi medio siglo después, en la socialdemócrata España de 1985, se despenalizaron algunos casos de aborto inducido, hoy llamado, con evidentes propósitos eufemísticos, «interrupción voluntaria del embarazo». Las últimas modificaciones legales van en la línea del establecimiento de unos plazos durante los cuales, y al margen de la ontogenia del feto, se podría acabar con su vida. La alusión al aborto, entendido como derecho e identificado gratuitamente con posiciones de izquierdas, tiene, tal nos parece, profundas conexiones con la campaña lanzada por la Asociación Hazte Oír, que ha hecho circular recientemente por Madrid un autobús con las siguientes frases impresas en su carrocería:
«Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen. Si naces hombre, eres hombre. Si eres mujer, seguirás siéndolo.»
Y las tiene en relación con la palabra «mujer» incluida en los laterales del vehículo. En efecto, dado el credo católico que inspira a Hazte Oír, no cabe duda de que la campaña busca la neutralización de determinadas campañas de las plataformas LGTBI, propagadoras de la llamada «ideología de género», ya implantada en diversos ambientes educativos, pero también con los sectores proabortistas que engrosan las filas del feminismo. La polémica, convenientemente judicializada, está servida, y oscurece en gran medida una posibilidad de debate situado más allá de la sensibilidad, la ofensa, y el subjetivismo, en suma. Como de costumbre, el griterío se ha polarizado entre dos posturas de borrosos contornos: «la ultraderecha», que de algún modo seguiría arrastrando a una «derecha» siempre sospechosa de radicalización, y «la izquierda», cada vez más alejada de sus raíces fundacionales, y más identificada con las mentadas ideologías de género, frecuentemente teñidas de un ramplón anticlericalismo.
Si el debate en relación con el lema y la circulación del autobús se ha centrado en las ofensas e incitación al odio que podrían llevar aparejadas las letras impresas, no han faltado quienes han intentado ir más allá, discutiendo a propósito de esos niños y niñas, hombres y mujeres. Dos posiciones han destacado en el intento de deslinde sexual: por un lado, aquellas que se apoyan en lo cromosómico, en los pares XX e XY que, no obstante, admiten una serie de variantes, que impiden establecer un criterio definitivo; y los que lo hacen, tal es el caso de Hazte Oír, apoyándose en argumentos que más que genitalistas, podríamos llamar exogenitalistas. Al cabo, tener pene o vulva no aclara la cuestión, pues el grado de desarrollo al que ha llegado la cirugía permite la implantación o mutilación de genitales externos. En definitiva, los penes y vulvas esgrimidos por la Asociación presidida por Ignacio Arsuaga, bien pudieran haberse sustituido con mayor fortuna por ovarios y testículos, sin perjuicio de que los atributos citados sirvan perfectamente a los intereses que se adivinan en una campaña que no ha dejado a nadie indiferente.
Cabe, no obstante, ensayar una vía alternativa a las comentadas. Una vía que conecta  maternidad y mujer, pues que la mujer pueda ser madre es una propiedad esencial, no accidental, de la misma que va más allá de las apariencias externas. Mientras la hembra pare, el varón, el macho, no puede hacerlo, por más que este haya sido mutilado u hormonado. Y utilizamos el término varón para evitar la palabra de «hombre», que añade aún mayor complejidad… Así pues, la maternidad, es decir, la gestación, pero también el parto, sería el punto de partida para reconducir un debate que quisiera ir más allá de los intereses meramente ideológicos, pero también políticos y económicos, que se esconden tras esta creciente polémica identitaria ligada a una expresión como la de «orientación sexual» que hunde sus raícen en el más radical voluntarismo, pero también en un mercado pletórico ávido de personalísimos consumidores. La conclusión es evidente: los hombres, con o sin vulva, con o sin pene, no parimos.
Sirvan, pues, estas líneas para terciar en un agitado debate en el que comparecemos acogiéndonos a una idea de racionalidad que no ha de buscarse en íntimos mentalismos, sino en algo más fisicalista y operativo, en las manos, las mismas que intervienen en los partos en los cuales, Sócrates, hijo de una partera, se inspiró para dar nombre a su arte: la mayéutica.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Buenos días España | 24-02-2017

Buenos días España | 17-02-2017

El Gato al Agua | 28-02-2017

Irene Montero y la oposición textil

La Gaceta, domingo 26 de domingo de 2017:
http://gaceta.es/ivan-velez/irene-montero-oposicion-textil-26022017-1134

Irene Montero y la oposición textil
Husos, hilaturas y telares, jornadas de trabajo interminables y explotación humana son el trasfondo sobre el que se escribió El Capital, obra cumbre del Carlos Marx que localizó en la lucha de clases el motor de una Historia que consideró Prehistoria. La morosa alusión al principal autor sobre el que se edificó el primer régimen comunista, seguida de la apelación al mundo textil, está justificada cuando se trata la figura de Irene Montero. No en vano, y sin que los podemitas hayan propuesto más que tímidas iniciativas de carácter estatalizador que ni por asomo se acercan a las que Franco fue capaz de articular al desarrollar un régimen mucho más socialista que el de sus sucesores, la formación morada es a menudo tildada como comunista, siendo tributaria, a través de dicho calificativo, de una profunda carga despectiva que no requiere de matices. Si este es el reduccionismo ideológico que se les aplica, el otro factor, el textil, lo sirven un día sí otro también en todo escenario al que tienen acceso, a excepción de la gala de los Goya, que para eso comulgan con aquella vieja y maniquea dicotomía establecida entre las fuerzas del trabajo y las de la cultura.
Pese a que el mayor peso de su labor propagandística lo desarrollan mediante un constante bombardeo de mensajes en las redes sociales, acompañado de su ubicuidad mediática, los podemitas se distinguen por su uso, que algunos califican de abuso, de la camiseta o remera. Es este textil soporte, tan alejado de la formalidad pequeñoburguesa y derechista del traje y la corbata, el que les permite convertirse en verdaderos hombres (y mujeres) anuncio. Si en la Puerta del Sol, revuelta plaza en cuyas aguas supieron pescar Iglesias y los suyos, es fácil encontrar a hombres que exhiben el añejo «compro oro», en la Carrera de los Jerónimos, sus amoratadas señorías prolongan la tradición bilduitarra de convertir su pecho en crisol de casi todas las reivindicaciones.
Recientemente, la encargada de mantener la tradición de la oposición textil ha sido Irene Montero, que apareció en el escaño del que fue desocupado Íñigo Errejón, enfundada en una camiseta que pedía la libertad para activista Milagro Sala, coincidiendo con la visita que ha realizado a España el presidente argentino, Mauricio Macri. Si hace unos años el hombre de paz de Maduro, José Luis Rodríguez Zapatero, tuvo a bien mantenerse sentado al paso de la bandera de los Estados Unidos para expresar su rechazo a la política internacional de Bush, doña Irene Montero, Irene para los compañeros y compañeras, incluidos algunos periodistas, mostró de ese modo su oposición a quien ha desplazado a esa Cristina Fernández de Kirchner por la que hace unos años bebía los vientos Pablo Manuel Iglesias Turrión.
La protagonista de la camiseta es, naturalmente, una lideresa indigenista en absoluto irenista, pues según se ha sabido, los métodos empleados por el colectivo que representa Milagro Sala, Tupac Amaru, no se han limitado al diálogo, sino que han incorporado una en ocasiones cruda violencia. En definitiva, la hoy encarcelada representa a una organización que ha recibido el apoyo financiero del kirchnerismo y que tiene un fin último: la constitución de un Estado en la provincia de Jujuy, limítrofe con la plurinacional Bolivia. Conocido el objetivo de Tupac Amaru, no es de extrañar que Podemos, partido comprometido con toda iniciativa que tenga un mínimo halo hispanófobo, se haya puesto del lado de una organización que sólo puede conseguir sus objetivos al alto precio de destruir la República Argentina, abriendo de este modo, una nueva fisura a una nación soberana que ya tiene que lidiar con el movimiento mapuche financiado desde el corazón de Europa. Movimientos ambos, que desdibujarían las actuales fronteras argentinas, el segundo de los cuales exigiría también la destrucción de las chilenas, para configurar un mosaico de carácter étnico cuyo banco de pruebas ya se halla en la Bolivia asesorada por gentes de la Fundación CEPS, encargada de exportar la distáxica receta autonómica española. He ahí el alcance del comunismo podemita, consistente en hacer añicos las estructuras estatales que una vez dislocadas serán fácil presa de la depredación de estados –capitalistas- más fuertes, encantados de que tan voluntariosos muchachos les hayan hecho el trabajo sucio a las multinacionales que podrán negociar con el debilitado y corrompible gobernante local. Abundando en las contradicciones, la asociación que ahora recoge el calor del pecho de doña Irene, lleva el nombre no de un proletario o de una idea sublime y probablemente irrealizable, sino el de un inca de distinguido y teocrático linaje, práctica esta, la de acudir a los caudillos indígenas, que ya tiene una larga tradición en Hispanoamérica de la mano de las logias masónicas.
Nada, sin embargo, se interpone ante aquellos capaces de concebir imposibles como la nación de naciones, nada ante los que, como Irene, comparten el algodonado territorio de los sueños con el providencial y democrático hombre elegido por la gente.




España congresual

La Gaceta, domingo 13 de febrero de 2017:
http://gaceta.es/ivan-velez/espana-congresual-13022017-0730

España congresual


Del mismo modo que los púgiles que a la espera del próximo combate hacen guantes con un sparring, los políticos profesionales españoles necesitan mantener la forma en los tiempos, cada vez más cortos, que separan las convocatorias electorales. En tal contexto, el periodo de entrevotaciones va quedando colmatado por infinidad de debates televisivos, recuerde el lector el título de aquella obra de Gustavo Bueno: Telebasura y democracia, y por congresos de partido tras los cuales suele salir fortalecido quien partió con mayor ventaja inicial, victoria a menudo legitimada por la aparición de anónimos adversarios ávidos de medro o empujados por una democrática ingenuidad.
Probablemente, el «partido de la gente», ese Podemos que sigue sin poder tomar las riendas de la «patria plurinacional» –Rita Maestre dixit- sea quien más atención ha concitado, pues en su caso, dos eran sus conocidos cabezas de cartel: Pablo (Iglesias) e Íñigo (Errejón), secundadas por sobresalientes de lujo. El lugar escogido fue una plaza de toros desacralizada, la de Vistalegre, donde ya no ofician los herederos de los sacerdotes paleolíticos, donde el tabaco y oro ha sido sustituido por el púrpura transversal. Ello no impidió que desde la arena del coso emergiera, frente a la cúpula dominante, la figura del espontáneo, un dialogante y programático escracheador que fue inmediatamente neutralizado, pues la fuerza de las mareas es ya incapaz de impulsar a nadie hasta los cuadros directivos del partido de las confluencias.
Cerca de allí, en un contexto más británico, el tenístico para el que se levantó la Caja Mágica en la que tantas veces ha ganado el agónico Rafael Nadal evocado por Cospedal, Mariano Rajoy recibía las bendiciones casi unánimes de su partido, fortaleciendo una posición cimentada en gran medida en el adecuacionismo marcado por la demoscopia, pilar fundamental de la democracia de mercado pletórico. Es precisamente la maleabilidad de un partido capaz de entretenerse en discutir si en su logo vuela una gaviota o un charrán, la que le ha permitido superar el mordisco de la corrupción y aplazar sine die, tal y como ya ocurriera con el aborto, la discusión a propósito de la maternidad subrogada. Una comisión de expertos convenientemente seleccionados, ofrecerá una solución que se presenta con forzada asepsia, evocando la tecnocracia con la que se pretendió marcar distancias con la ideología en tiempos pretéritos.
Prietas las filas populares, la mañana dominical ha ofrecido los datos de la votación podemita, tras las cuales aparece un Podemos compactado en torno a la figura de Iglesias, indudable vencedor de lo que se presentó como un duelo que de haberse decantado por el lado de Errejón transformaría, aparentemente, el partido de los círculos. La contundente victoria de Pablo Iglesias y de su equipo más próximo, incluso íntimo, blindado desde hace tiempo, mas abierto a la posibilidad de incorporaciones provenientes de los anticapitalistas de Urban, deja flotando en el ambiente un sordo vae victis, apenas envuelto por la habitual emotividad y los abrazos forzados.
Más allá de la tensión PP-Podemos, esa suerte de bipartidismo de encuesta, queda un difuminado Ciudadanos que ha reforzado el liderazgo de su histórico líder Rivera, incontestable dentro de un partido obsesionado por definir su posición, hasta el punto de hallarla en el Cádiz de 1812 donde cristalizó la izquierda liberal española que apelaba a los españoles de ambos hemisferios. Atrapado en su bizantinismo ideológico, la formación europeísta anaranjada parece estancarse lastrada por la indefinición que en la España actual lleva aparejado el propio término liberal.

Con sus líderes fortalecidos, el último partido en discordia en estos tiempos primariocongresuales, el PSOE, no termina de encontrar a su hombre, o su mujer, en este caso la Susana Díaz que fue designada por Chaves y Griñán para heredar el semillero de votos andaluz, toda vez que el granero catalán fue esquilmado por el catalanismo del PSC y los cinturones rojos de las ciudades mostraron su desengaño. Con una cautela que ha animado a Francisco Javier Patxi López, a disputarle la hegemonía del partido, la prudencia de Susana ha permitido el regreso de un Pedro Sánchez cuyo éxito iba, tal nos parece, aparejado a la victoria del errejonismo. El gris domingo de febrero ha dejado, no obstante, un amargo resultado en Vistalegre. La victoria del agitador y callejero Iglesias y el eclipse de Errejón, amenaza con gripar el motor del coche con el que Sánchez pretendía recorrer su federable España para proclamar a los cuatro vientos su único credo: No es no.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Tiempos Modernos 07-02-2017 Iván Vélez "La leyenda negra española en Europa"

Sedición, coacción y seducción

La Gaceta, domingo 5 de febrero de 2017:
http://gaceta.es/ivan-velez/sedicion-coaccion-seduccion-06022017-0908

Sedición, coacción y seducción

Mañana, lunes 6 de febrero de 2017, la ciudad de Barcelona volverá a vivir una nueva jornada de coacción al poder judicial en defensa de quien en su momento fuera máxima autoridad del Estado en tal región, Arturo Mas, quien deberá comparecer ante el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, junto a las exconsejeras Ortega y Rigau, todos ellos acusados por delitos relacionados con la consulta realizada el 9 de noviembre de 2014.
Un importante despliegue de las televisiones alimentadas por el gobierno catalán ofrecerá, probablemente, el ceremonioso y victimista paseíllo de la sediciosa terna, que se abrirá paso entre una multitud de fieles cuya cifra, si hemos de creer a otra terminal del catalanismo, la Asamblea Nacional de Cataluña, se aproximará a los 30.000 individuos marcados por una hispanofobia administrada desde la más tierna infancia en las aulas dejadas de la mano del Estado. En el límite del fanatismo, hay quien ha sugerido que la provinciana turba, desplazada a la Ciudad Condal en 120 autobuses, pudiera incluso impedir que los citados accedieran a las dependencias judiciales, posibilidad ya apuntada por Cataluña Radio hace meses, cuando lanzó una encuesta en Twitter para saber si sus fieles oyentes estarían dispuestos a impedir «físicamente» que se celebrara el juicio. La iniciativa no es nueva, pues Cataluña es desde hace años escenario de cadenas humanas cuya tensión ha producido una grave fractura social, si bien, nunca se había planteado un bloqueo institucional semejante.
Así las cosas, todo parece indicar que el Tribunal se verá asediado, recordando lo ocurrido en Madrid bajo el lema «Rodea el Congreso», cuando los bloqueados no eran los jueces sino los miembros electos de la partitocracia española, confinados tras los leones de la Carrera de san Jerónimo. Seguro en tal asedio, Pablo Manuel Iglesias Turrión, lanzaba guiños al exterior. Al cabo, en consonancia con su personalísima percepción de la realidad, él se hallaba poco menos que bilocado, dentro y fuera a la vez. Simple herramienta de «la gente», es decir, de sus votantes, Iglesias, adalid de la decencia, ocupa un escaño para dar voz a los sin voz, para dar cauce a la verdadera democracia secuestrada en ese mismo edificio. Cómodo durante el asedio congresil, es lógico que quien ahora se disputa la cúspide piramidal de Podemos con su amigo Íñigo (Errejón), en compañía, entre otros, de su tocayo Pablo (Echenique) y de novia Irene (Montero), no es de extrañar que Iglesias se haya puesto también del lado de los hostigadores de Barcelona, máxime después de que desde el Gobierno se haya filtrado la posibilidad del empleo de «medidas coercitivas» para impedir la repetición de un nuevo 9-N. Repare el lector en el hecho de que el Gobierno que en su día, por boca del mismísimo Rajoy dijo que no se había celebrado la consulta, habla ahora de repetición…
En este contexto, Iglesias, solemne y grave, ha manifestado que tales medidas constituyen una «barbaridad», motivo por el cual ha llamado a la movilización en las calles, situándose, al igual que la Colau, como aliado objetivo de quienes han saqueado durante décadas las arcas públicas, corrompiendo ideológicamente hasta extremos indecibles a la sociedad catalana.
Siempre al servicio de una idea absurda como la de la «nación de naciones» de envoltura federalizante que humedecía los sueños políticos de Zapatero de la misma forma que lo hace con el resucitado Pedro Sánchez, Iglesias siente pavor por la simple insinuación de la aplicación del artículo 155 de la Constitución que permite la asunción por parte del Gobierno, de determinadas competencia autonómicas cuya gestión por parte de los gobiernos regionales nos ha llevado a la distáxica situación actual.

La cuestión no es en absoluto novedosa, pues el líder morado ha exhibido en numerosas ocasiones su rechazo a la unidad nacional, que identifica paulovianamente con el franquismo, con una guerra civil de la que, a pesar de haber nacido en 1978, se siente perdedor. Lastrado por semejantes prejuicios, Iglesias se ha mostrado firme partidario de la balcanización de España, empleando para ello las urnas y las movilizaciones que llama populares. En definitiva, el político profesional madrileño, no es sino un rigorista de la ideología en la que se sustenta el régimen del 78, de un estado autonómico de objetivos no sólo federales, sino incluso confederales. Aferrado a esa oscura certeza, la de unas naciones eternas que deben sacudirse el yugo español, el podemita trabaja al servicio de las oligarquías y redes clientelares autonómicas, dando siempre un paso más en el vaciamiento de poder del Estado y apuntando a una solución para el problema territorial: las consultas de autodeterminación para cualquier región previamente encajada en el sistema autonómico, en las junturas naturales diseñadas durante el tardofranquismo. Un as se oculta, no obstante, en la arremangada camisa de Iglesias, un recurso relacionado con el culto a su propia personalidad: una vez colocadas las urnas, los consultados no abandonarían una España por él dirigida, incapaces de resistirse a su magnética seducción.

El Gato al Agua | 7-02-2017

domingo, 5 de febrero de 2017

miércoles, 1 de febrero de 2017

El vientre y el mercado. Notas sobre la maternidad subrogada

Artículo publicado en La Gaceta el domingo 30 de enero de 2017:
http://gaceta.es/ivan-velez/vientre-mercado-notas-maternidad-subrogada-30012017-0727
El vientre y el mercado. Notas sobre la maternidad subrogada
Entre los que todavía consideran al Partido Popular una organización de firmes convicciones políticas, pero también morales e incluso éticas, ha causado cierto revuelo el anuncio de que este partido, caracterizado por un diferido mimetismo con respecto al PSOE, se planteará próximamente el debate a propósito de la maternidad subrogada. Quien ha hecho pública esta posibilidad es Javier Maroto, firme partidario de darle cobertura legal a una práctica que presenta molestas aristas que exigen ser pulidas. Se avecina, pues, un animado debate motivado por la existencia de una obstinada realidad: en el último año en España se han registrado más niños a través de gestación subrogada que por adopción internacional. Consciente de la complejidad del asunto, Maroto se ha apresurado a señalar como prioritarios los derechos de estos niños que llegan a nuestro país para engrosar una nación biológica escasamente fértil y muy envejecida, aspectos que pueden ser empleados como coartada por los vientrelegalistas.
Las reacciones a la iniciativa regulatoria, ya sopesada por Cristina Cifuentes en la Comunidad de Madrid que gobierna gracias a Ciudadanos, no se han hecho esperar. Desde las filas del propio PP, Lourdes Méndez se ha mostrado refractaria a una legalización que considera una nueva forma de explotación relacionada con la precariedad económica de quien alquila su útero. A tales razones se añaden las de las que se oponen a esta práctica desde la perspectiva religiosa. Nuestra posición, sin perjuicio de que pueda coincidir en su conclusión con la de alguno de los citados, parte de una concepción materialista de la bioética que tiene que ver directamente con el cuerpo. Es decir, con el mantenimiento del individuo, razón por la cual el asesinato constituye el mayor delito, categoría humana que no divina ni animal, ético.
Partiendo de la negación de toda posibilidad de existencia de espíritus que pudieran interferir en la realidad, la concepción, gestación, parto y crianza de los humanos, involucra a otros cuerpos que en modo alguno pueden considerarse propiedad de uno mismo con la que poder mercadear. Precisamente porque «uno mismo» no puede abandonar su cuerpo, salvo por metáfora o delirio, para insertarlo como algo ajeno en el circuito comercial. En definitiva, lo que puede venderse, comprarse o alquilarse es siempre algo extrasomático.
Dicho todo lo anterior, la realidad de niños criados por personas distintas a los llamados padres biológicos, tiene una profunda tradición histórica acompañada de adjetivos o sufijos, «padre adoptivo» o «madrastra», hoy muy incómodos en una sociedad anestesiada por los efectos de esa omnipresente epidural ideológica llamada corrección política. Larga es la tradición de los expósitos cuyo recuerdo perdura aún en apellidos. Niños, a menudo «no deseados», que eran introducidos en la inclusa gracias al giro de un torno que garantizaba el anonimato del depositador y la supervivencia del depositado, ya sea en el seno de familias sexualmente estériles, ya engrosando las filas de una compleja organización de beneficencia a menudo tutelada por la Iglesia.
Detenidos los tornos, las posibilidades abiertas por la embriología han favorecido prácticas que buscan limitar al máximo la conexión entre el vientre, asimilado pretendidamente a una suerte de recipiente, de la contratada y el niño que nacerá. Escorando la maternidad hacia el laboratorio más que a la sala de partos, a la carga genética más que al canal del parto, se impone el caso en el que se implanta un óvulo previamente fecundado en la mujer que constituye una de las partes de la transacción. Una mujer ajena a la carga genética del niño que nacerá, no sin riesgos y responsabilidades para la gestante, cuyo papel tendría un carácter cuasimecánico, buscando así la eliminación de los lazos afectivos que podrían perdurar después de que se verificara la operación financiera. Reduccionismo genético cuya impotencia se demuestra por la existencia de contratos en los cuales figuran cláusulas que tratan de evitar la posibilidad de que quien ha criado en su vientre al niño haya desarrollado afectos ajenos a los arcanos del ADN…
Dicho todo lo cual, nadie ignora que el alquiler de vientres vive su mayor auge. Con creciente frecuencia, las telepantallas muestran la emoción de personas relevantes que acunan sonrientes a bebés que han llegado a sus brazos sin siquiera haber pasado por el trance, engorroso para algunos, de yacer con un miembro del sexo contrario; o que han accedido a un niño después de que el cuerpo propio o el de su pareja no hubiera sido capaz de concebirlo por diversas causas. Frente a esta metodología, existe la ya clásica de la adopción, sometida en España a laberínticos procesos que llevan a la desesperanza, abriendo una vía mercantil que tiene mucho de tráfico de seres humanos, de componentes relacionados con la eugenesia y de un elitismo que discrimina, por la vía económica, a aquellos que, deseosos también de incorporar niños a sus familias, no pueden permitirse esta vía.
Opuesto a la idea del alquiler de vientres, frente al que caben más argumentos de los contenidos en esta tribuna, quien esto suscribe no duda de que en los debates venideros surgirá la habitual figura autodenominada liberal que, distanciada de la fe del religioso, pero también de la del ateo, se acogerá a otra mucha más oscura: la que se encomienda al mito de la autorregulación del mercado, del que acaso brote una ética ajustada a estos tratos.

sábado, 28 de enero de 2017

Entrevista en El Norte de Castilla

El mito de Cortés en El Norte de Castilla

Militares en el salón de Colau

Artículo publicado en La Gaceta el domingo 22 enero 2016:
Militares en el salón de Colau
Con la suficiencia propia de quien se cree en el final de la Historia, de un fin desde el que se podrían contemplar con displicencia las armas, los uniformes militares y las guerras, convertidas en reliquias arcaicas de un pasado definitivamente superado gracias a la aplicación de inmensas dosis de diálogo, tolerancia y democracia participativa, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, se acercó hace un año a los uniformados que se hallaban en el Salón de la Enseñanza de Barcelona, para decirles, sonriente y moralizante: «Ya sabes que nosotros preferimos como ayuntamiento que no haya presencia militar en el salón». La poderosa y topológica razón que esgrimió quien en su día lució colores y talle de avispa en su papel de Supervivienda, fue la que sigue: «por lo de separar espacios». De este modo, invitando a los representantes de las Fuerzas Armadas a abandonar el Salón, pretendía Colau apartar a los infantes de la tentación de optar por la vía bélica que, incompatible según sus entendederas con cualquier suerte de enseñanza digna de tal nombre, ofrecían los militares allí apostados.
Un año más tarde, el mismo Ejército que en su día aterró al sedicente Ministro de Asuntos Exteriores de Cataluña por sobrevolar Cataluña, temiendo una invasión tan imposible como la bien remunerada condición ministerial con que se presenta en algunas estancias europeas, ha triplicado su marcial ocupación en esa región. Queremos decir con esto, para sosiego de cabezas tan despejadas como la citada o tan pobladas como la de Puigdemont, que tras el referido incidente con Ada Colau, el Ejército se ha apresurado a realizar su preinscripción en el mismo Salón de la Enseñanza de Barcelona, dejando sin reacción a los pacifistas de todo pelaje y condición, pues la fobia a lo militar se dice de mucha formas.
Una de ellas es la que busca la desaparición de lo bélico en todo el orbe, anhelando la instauración de una atmósfera irenista de escala planetaria que contrasta con la realidad hasta el punto de hacer imposible tan ingenuo propósito. Quienes así se conducen, ya sean los más arriscados antisistema, herederos en Cataluña del clásico anarquismo, y capaces de elaborar refinados lemas como el ya clásico «¡tanques sí!, pero de cerveza»; ya los más sesudos defensores de una siempre desarmada sociedad civil de borrosas fronteras, ignoran la cruda realidad de un globo mucho menos globalizado de lo que creen, repleto en los mapas de manchas de color, las naciones políticas, y de una verdadera maraña de líneas llamadas fronteras, institución humana alrededor de la cual crece el federalismo, pero también la diplomacia y…. el poder militar. Dentro de este colectivo parece figurar, salvo que nos encontremos ante un infiltrado que borda su papel, un correligionario de Colau, el ex JEMAD José Julio Rodríguez, que tras su incorporación a las filas moradas se ha confesado militar pacifista, testimonio similar al de algunos de sus ex compañeros de gremio, que han sustituido el desagradable vocablo «guerra», por una fórmula imprecisa y procesual, la que responde a la resolución, pacífica, de conflictos. Huelga decir que la tradición pacifista española es larga, si bien uno de sus precedentes más mediáticos y recientes, con evidentes réditos políticos, fue el que se dio en los días del «¡No a la guerra!», que tenía en su metafórico punto de mira a quien había terminado con el servicio militar obligatorio: José María Aznar.
Sería, por otro lado, una imperdonable ingenuidad obviar un aspecto fundamental en esta controversia barcelonesa: las Fuerzas Armadas que triplicarán su espacio en el Salón, debido en gran medida al efecto llamada provocado por la propia alcaldesa con sus nada hospitalarias palabras, lo son de España, y tienen un mandato constitucional nítido: «garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional», misión que choca frontalmente con el fin de todas las maniobras, argucias y apelaciones al políticamente inexistente pueblo catalán, a las que se ha sumado la propia Colau, firme partidaria de mutilar el cuerpo nacional y electoral español necesario para dar paso al famoso «derecho a decidir».
En estas circunstancias, y pese a que la alcaldesa logró que en el Salón de la Infancia navideño no participara ningún cuerpo armado, el Ejército podrá, seguramente con gran éxito, ofrecer su jugosa oferta. Una oferta que no es sólo educativa, pues es evidente que un militar debe estar adiestrado en el llamado, no sin razón, arte de la guerra, sino también profesional, la que ofrece el Ministerio de Defensa, antes de la Guerra.
La vuelta de las Fuerzas Armadas al Salón ofrecerá a la alcaldesa una nueva oportunidad de exhibir sus escasas dotes interpretativas, aquellas que no le alcanzaron para hacer carrera como actriz. Cabe, no obstante, esperar que nos regale una escena similar, fiel a su prontuario ideológico en el cual tiene cabida, paralelo al mentado pacifismo, un laicismo que tiene mucho de anticlericalismo. Precisamente en el punto en el que confluyen Iglesia y Ejército aparece la figura de un gigante de la dramaturgia, Calderón de la Barca, clérigo, soldado y autor de unas letras indigeribles en el Ayuntamiento de la Ciudad Condal: «la milicia no es más que una religión de hombres honrados».