jueves, 1 de febrero de 2018

Tabarnia versus Celtiberia

Artículo publicado el miércoles 31 de enero de 2018 en El Mundo:
http://www.elmundo.es/opinion/2018/01/31/5a70963546163f5e7c8b4600.html
Tabarnia versus Celtiberia
«Una nación se hace lo mismo que cualquier otra cosa. Es cuestión de quince años y de un millón de pesetas. Con un millón de pesetas yo me comprometo a hacer rápidamente una nación en el mismo Getafe, a dos pasos de Madrid. Me voy allí y observo si hay más hombres rubios que hombres morenos o si hay más hombres morenos que hombres rubios, y si en la mayoría, rubia o morena, predominan los braquicéfalos sobre los dolicocéfalos, o al contrario. Es indudable que algún tipo antropológico tendrá preponderancia en Getafe, y este tipo sería el fundamento de la futura nacionalidad. Luego recojo los modismos locales y constituyo un idioma. Al cabo de unos cuantos años, yo habría terminado mi tarea y me habría ganado una fortuna. Y si alguien osaba decirme entonces que Getafe no era una nación, yo le preguntaría qué es lo que él entendía por tal y, como no podría definirme el concepto de nación, le habría reducido al silencio».
El manual de uso para la construcción de una nación, en el que todavía suenan ecos frenológicos, se debe a Julio Camba. Leído hoy, mantiene plena vigencia en una España pródiga en protonaciones y estructuras políticas admisibles dentro de su, al parecer, eterna y nunca atendida, condición plurinacional. Como respuesta a esta tendencia balcanizante exacerbada gracias al bisturí lingüístico y un racismo transformado en supremacismo, ha nacido Tabarnia, proyecto tan nutrido de ironía como cumplidor de los principales requisitos que establece la Constitución de 1978 para la configuración de una comunidad autónoma, pues es evidente que Tarragona y Barcelona son «provincias limítrofes con características históricas, culturales y económicas comunes».
Adelantándose a Puigdemont, no por casualidad huido en la misma Bruselas que erigió una estatua a Francisco Ferrer y Guardia, Albert Boadella ha tomado posesión desde Madrid de una Tabarnia hoy tan imaginaria como la sedicente República Catalana que cree presidir Puigdemont, quien, investido de tan borrosa autoridad, se permite enmendar la plana a la comunidad europea que hasta hace poco era la tierra prometida de su secta, obsesionada por trocar los Pirineos por un Ebro tras cuyas aguas acecha la siempre intolerante España.
Virtualidades aparte, Tabarnia ha conseguido lo que no han logrado los catalanistas, replicantes terminológicos y a menudo estéticos del mundo abertzale: internacionalizar el conflicto. Un conflicto cuyo resultado más visible es la quiebra, o por mejor decir, las quiebras, de Cataluña, plenamente visibles cuando los representan de la mitad de la comunidad autónoma, crecidos en su localismo, declararon una independencia que en presencia de los togados quedó reducida a una mera cuestión simbólica. Al margen de cuestiones penales, el daño ya estaba hecho, y la reacción de gran parte de la ciudadanía, multitudinariamente visible el día 8 de octubre de 2017, ha dado paso a operaciones como la que encabeza Boadella, perfecto conocedor de los tópicos propios de quienes le empujaron a abandonar su tierra. El neologismo, Tabarnia, da cauce a una estrategia especular que devuelve a los catalanistas, representados por la fantástica Tractoria en la cual los vehículos agrícolas roturan el terruño del que emanan telúricos aromas identitarios, sus propios argumentos. Si para los sediciosos la oposición se establece entre la oprimida Cataluña y la oscura España, para los urbanitas habitantes de Tabarnia, Tractoria representa la mutilación de las libertades e incluso el expolio económico. Si para los primeros España, olvidados ya de la confesión de Pujol, es quien roba los frutos de un incomprendido y laborioso pueblo; para los segundos, es la Cataluña financiada y rural, semillero de votos independentistas, quien lo hace. Tabarnia, en suma, no es sino el uso, a escala y en sentido contrario, de la estrategia seguida por quienes han parasitado a la Nación española invocada por Boadella tras su sonoro corte de mangas.
Más allá de lo paródico, la metropolitana Tabarnia, a la que se sumarán muchos por puro oportunismo, desvela uno de los grandes problemas que aquejan a España, sus graves desequilibrios poblacionales que, unidos a la grave crisis demográfica, producirán resultados imprevisibles en un futuro no muy lejano. La abigarrada Tabarnia sustenta a una Tractoria mucho menos densa, hecho que se repite en amplias áreas de España cuyos habitantes se concentran en puntos muy concretos. Lo que Barcelona es para Cataluña, Madrid lo es para Castilla, amplísimo territorio en el que hace años arraigó un proyecto que tiene algunas semejanzas, pero también notables diferencias, con el que ahora protagoniza la actualidad mediatica. El nombre escogido fue Celtiberia, y no iba referido a una España de tintes esencialistas. Tampoco al estridente mundo, con el show por apellido, que tan bien supo retratar Luis Carandell. En este caso se trató de una serie de comarcas de Teruel, Cuenca y Soria, pertenecientes a tres comunidades autónomas diferentes. Un territorio que anhela obtener la categoría de Eurorregión, que siempre es Europa el lugar donde se buscan las soluciones a los males nacionales. La Siberia española, así llamada por su extremo clima, pero sobre todo por la bajísima densidad de su envejecida población, ha ofrecido más materia editorial que resultados en las instancias europeas.
Sea como fuere, Tabarnia y Celtiberia vuelven a poner sobre el tapete político hispano el secular problema de todos y partes que con tanto cálculo –nacionalidades y regiones- se incluyó en una Constitución, la de 1978, cuyos redactores escribieron sobre una falsilla territorial y económica marcada por la existencia de puntuales focos industrializados y regiones humanamente descapitalizas. Un problema, el de la compartimentación de la nación, que históricamente cuenta con un precedente, el cantonalismo decimonónico de tintes anarquistas y espiritualistas que todavía permanece alojado en muchos de los llamados movimientos antisistema, siempre dispuestos, por otra parte, a arrimar el hombro en la causa catalanista. Si la senda historiográfica nos lleva a dichos antecedentes, el prisma, a menudo empañado, de la sociología de los pueblos, nos conduciría a un individualismo, el típicamente hispano, solo reconducible a través de instituciones locales, de radio corto, garantes de la máxima, pueblo pequeño, infierno grande, del que toman prudente distancia los de la parcialidad tabarnesa.

Tabarnia y Celtiberia, al tiempo que muestran algunos de los más genuinos resultados de la España constitucional, transformación de un franquismo que trató, con éxito desigual, de introducir dinamismo industrial y económico a golpe de polos de desarrollo, se insertan dentro de un fenómeno de más amplia escala, el de la convivencia de grandes ciudades, resultado de la fusión de los centros históricos con sus coronas metropolitanas, con enormes espacios vacíos. Sin embargo, pese a sus semejanzas, la Castilla y la Cataluña vacías han dado productos ideológicos contrapuestos. Si en la Cataluña interior se custodian las esencias nacionalistas de resabios carlistas, el páramo celtibérico ofrece únicamente desolación. Si en Celtiberia los deshabitados pueblos y sus cumbres marcan tan sólo cotas de nieve, las montañas catalanas, Montserrat o Tagamanent, son el punto de llegada de viajes iniciáticos. Siendo hoy impensable, afortunadamente por innecesario, un movimiento parecido al de Tabarnia en Castilla, es oportuno recordar las palabras de Sócrates, hoy plenas de actividad dentro de la controversia suicida y cainita que se vive en Cataluña: «Los campos y los árboles nada me enseñan, y sólo en la ciudad puedo sacar partido del roce con los demás hombres».

miércoles, 31 de enero de 2018

El ADN refuta la ‘Leyenda Negra’ antiespañola

Artículo publicado el 28 de enero de 2018 en Disidentia:
https://disidentia.com/adn-refuta-la-leyenda-negra/
El ADN refuta la ‘Leyenda Negra’ antiespañola
De un tiempo a esta parte, los estudios relacionados con la Leyenda Negra antiespañola gozan de una apreciable popularidad. Los títulos que incorporan ese rótulo más que centenario –Emilia Pardo Bazán ya lo empleó en 1899- han crecido, saltando a los medios de comunicación y a los auditorios. En este contexto, la publicación de algunos trabajos de laboratorio relacionados con algunos aspectos del Imperio español, no hacen sino realimentar este auge negrolegendario.
El primero al que hemos de referirnos nos lleva a Bélgica. Allí se ha indagado en relación a la notoria presencia de población morena y de baja estatura en determinadas regiones. La causa de la existencia de esas trazas sería el paso de las tropas imperiales españolas, siempre acompañadas de su consustancial violencia sexual. En definitiva, muchos de quienes presentan esos rasgos serían descendientes no deseados de españoles, circunstancia de la que quedaría un recuerdo popular del que da cuenta el responsable del trabajo, Maarten Larmuseau, investigador de la Universidad Católica de Lovaina, quien ha manifestado que durante sus intervenciones públicas es frecuente la pregunta en relación a la huella de ADN español en el torrente sanguíneo flamenco. Las conclusiones hechas públicas desmienten este mito, pues ni siquiera en los lugares –Amberes, Malinas- donde los tercios españoles se emplearon con mayor furia, hay una impronta cromosómica reconocible. Añade el genetista belga que, frente a estos resultados, es en otros lugares -la Inglaterra a la que llegaron los vikingos, o la Sicilia a la que accedieron los griegos- donde la penetración invasora dejó más descendencia. Aunque reducido al siempre limitado círculo académico, el trabajo de Larmuseau abre otra fisura en la estructura propagandística que funcionó en esa parte de Europa gracias en gran medida a la imprenta, si bien ello probablemente no impedirá que el Duque de Alba siga conservando su terrible halo, ni que los futbolistas vestidos de naranja canten un himno que sigue denostando al rey de España.
El estudio referido nos invita a recorrer el Camino Español para dirigirnos a Roma. Su saqueo por parte de las tropas imperiales el 6 de mayo de 1527 arrojó una espesa sombra sobre la imagen española, y ello a pesar de que la composición de las tropas y el propio mando que arrasaron la ciudad no procedían mayoritariamente de España, sino de Alemania. Convertido en un negro episodio, no fueron pocas las plumas que se cebaron sobre las huestes del emperador Carlos, queriendo ver en la conducta desplegada por la milicia, el verdadero y desagradable rostro de unos españoles enfermos de codicia y brutalidad. Dentro de esta ofensiva de papel destacó el obispo de Nocera, Paulo Jovio, cuyos escritos no se quedaron sin respuesta. El encargado de darla fue Francisco Jiménez de Quesada, que contestó en un libro no por casualidad titulado El Antijovio, obra en la que refutó las acusaciones del distinguido clérigo. En ella, el fundador de Bogotá se detuvo de este modo en el turbio episodio de las violaciones: «Pero béase de vn escritor graue a qué propósito pone vn egenplo tan ynfimo y tan vmilde, que en vn saco de vna çiudad tan grande quisiesen dos soldados acometer a vna muger para sus suzios pensamientos, porque si no aconteçió más de aquel caso, no avía para qué ponello, qu'era avajar la ystoria de su estimaçión». Denunciaba así Jiménez de Quesada la metodología negrolegendaria, basada en la exageración y distorsión de los datos, en la interesada confusión entre la parte y el todo. El saqueo de Roma, en el que sin duda se produjeron violaciones, no fue muy diferente, más allá del simbolismo adherido a la Ciudad Eterna, de los que las tropas de la época realizaban al entrar en una población. No en vano el saqueo, acompañado de violencias, constituía a menudo una parte de la paga de los soldados.
Dejando atrás Bélgica e Italia, el siguiente hito relacionado con el laboratorio nos conduce al actual México. Es allí donde el ADN, analizado por los investigadores del Instituto Max Planck, ha servido para concluir que la alta mortandad de los naturales ocurrida tras la llegada de los españoles se pudo deber a una bacteria doméstica: la salmonella. El material de campo lo han ofrecido 30 esqueletos enterrados en un cementerio de la ciudad de Teposcolula, en Oaxaca. Es decir, en los predios que dieron nombre al Marquesado del Valle, cuyo primer titular fue nada más y nada menos que Hernán Cortés, cuya osamenta fue en su día objeto de unos análisis que sirvieron de pretexto al muralista Diego Rivera para presentar a un individuo cuya deformidad física pretendía extenderse hacia la moral. La epidemia ahora estudiada, causante de una mortandad estimada entre 12 y 15 millones de muertos, se produjo entre 1545 y 1550, es decir, décadas después de una conquista que se llevó a cabo bajo una atmósfera enfermiza que invita a la reflexión.
A menudo ligada a la descollante personalidad de un Cortés perfilado bajo los cánones del héroe romántico, la caída del sangriento Imperio mexica sólo fue posible tras el establecimiento de alianzas entre la escasa hueste española y las naciones étnicas sojuzgadas por Moctezuma, a las que el conquistador liberó de su sujeción. Fue el músculo de la oprimida nación tlaxcalteca, unido a su respaldo en lo logístico, el que permitió descabezar la estructura mexica en cuya cúspide se situaba el emperador. Al mismo tiempo, como es sabido, la toma final de Tenochtitlan estuvo marcada por la devastación producida por una epidemia que llegó al continente del modo en que, con su habitual naturalidad, lo cuenta Bernal Díaz del Castillo:
«Y volvamos agora al Narváez e a un negro que traía lleno de viruela, que harto negro fue para la Nueva España, que fue causa que se pegase e hinchiese toda la tierra dellas, de lo cual hobo gran mortandad, que, segund decían los indios, jamás tal enfermedad tuvieron, y como no lo conoscían, lavábanse muchas veces, y a esta causa se murieron gran cantidad de ellos. Por manera que negra la ventura del Narváez y más prieta la muerte de tanta gente sin ser cristianos.»


La viruela, concluirá el analista afecto a la Leyenda Negra, allanó el camino de los españoles. Sin embargo, la epidemia no pudo hacer distingos entre mexicas y tlaxcaltecas, pueblos igualmente indefensos ante los agentes patógeno y, a la vez, enemigos jurados cuyo antagonismo hace añicos la ingenua idea de un Anáhuac que, visto bajo el prisma del indigenismo, poseería atributos arcádicos. Por otro lado, las pestilencias se sucedieron, y conviene reparar en el hecho de que la mortandad objeto del trabajo del Max Planck afectó a una población integrada en las instituciones virreinales. En definitiva, los muertos fueron en gran medida hombres a los cuales se había tratado de proteger mediante numerosas leyes, y para cuyos males no existían remedios sanitarios eficaces. Pese a estas evidencias, la idea de que en América los españoles llevaron a cabo un genocidio, sigue siendo cultivada por muchos, mostrando hasta qué punto las cadenas ideológicas son más fuertes que las helicoidales.

lunes, 22 de enero de 2018

Hispanofobia y corridas de toros

Artículo publicado el 19 de enero de 2018 en Disidentia
Hispanofobia y corridas de toros
«P. ¿Las corridas de Toros como se usan en España son prohibidas por derecho natural? R. Que no lo son; porque según en nuestra España se acostumbran, rara vez acontece morir alguno, por las precauciones que se toman para evitar este daño, y si alguna vez sucede es per accidens. No obstante el que careciendo de la destreza española y sin la agilidad, e instrucción de los que se ejercitan en este arte, se arrojare con demasiada audacia a torear, pecará gravemente, por el peligro de muerte a que se expone.»

Así argumentaba el carmelita descalzo español Marcos de Santa Teresa en el capítulo dedicado al homicidio integrado en su Compendio moral salmanticense. Basada en el Cursus Theologicus Moralis Salmanticensis de su hermano de orden Antonio de San José, la obra fue publicada en 1805 en Pamplona, y resulta del máximo interés no sólo en lo tocante al objeto de la misma, la sistematización y resolución a las cuestiones morales de la época, sino también porque dentro de tales análisis se aportan numerosos datos que tienen que ver con las costumbres que tanto impresionaron a los muchos viajeros que atravesaron España durante el XIX, contribuyendo a la imagen romántica que todavía adorna (o lastra), a nuestra nación.
En el caso del epígrafe que hemos reproducido, el asunto tratado son las corridas de todos, cuya estética había cristalizado a finales del siglo anterior, centuria cuya sastrería arrojó los trajes regionales españoles gracias a la labor del padre benedictino Martín Sarmiento, encargado también de confeccionar la iconografía del Palacio Real, en la cual quedaron incorporados, junto a los reyes godos, asturianos, leoneses, castellanos y aragoneses, Moctezuma y Atahualpa, cuyas coronas fueron a parar a las sienes de los emperadores españoles.
Dos siglos después de que el clérigo se pronunciara de semejante manera, más allá de las críticas que recibe procedentes desde las filas del animalismo, las corridas de toros son también cuestionadas por sus connotaciones políticas, aquellas que van aparejadas a su denominación como «fiesta nacional», máxime en unos tiempos, los de hoy, en los que la Nación española afronta graves desafíos dentro de sus mismas fronteras. Teniendo todo esto en cuenta, las palabras del carmelita cobran mayor relevancia por su apelación a España y a la destreza de sus naturales. Unos naturales que, en el momento en el que se escribe este compendio, máxime si se tiene en cuenta que ello se hace sobre una obra previa, se extendían por varios continentes. En efecto, durante el siglo XVIII fue frecuente –sirva como ejemplo el padre Feijoo- el uso de las expresiones «españoles peninsulares» y «españoles americanos», distinción que unía, pero también encapotaba algunas pugnas entre estos grupos cuya resolución comenzó a darse poco después de que apareciera el Compendio que traemos entre manos. En medio de pugnas urbanas y criollas, durante el convulso siglo XIX cuajaron una serie de naciones políticas cimentadas sobre las históricas estructuras del Imperio español. Entre ellas, también la española, cuyo texto constitucional, la famosa Pepa, hablaba de los españoles de ambos hemisferios.
Siglo de historias nacionales, el XIX finalizó para España con la pérdida de sus últimas provincias de un Ultramar. La voladura del Maine en el puerto de La Habana precedió a una derrota considerada como Desastre, en la cual se recreó toda una generación de artistas cuya obra anduvo a vueltas con el ser de España. En ese contexto, concretamente en ese mismo año 1898, el impresionista Darío de Regoyos aplicó su vanguardista pincel a un tema clásico español: la tauromaquia, tan frecuentada por el pintor que marcó ese siglo en España, Francisco de Goya; y el posterior, en el cual los toros fueron vistos bajo el prisma cubista de Picasso.
La obra a la que nos referimos lleva por título Toros en Pasajes, y en ella se puede ver una corrida de toros popular, celebrada en una plaza cerrada por una serie de viviendas y el muelle, en el cual flotan los barcos pesqueros desde los cuales se sigue la lidia, que transcurre dentro de un anillo constituido por los espectadores a pie de calle. En la estampa llama poderosamente la atención la decoración de los balcones, engalanados con banderas rojigualdas. Doce décadas después de su realización, el cuadro incorpora dos elementos hoy polémicos en virtud del momento político que vive España, amenazada por diversos movimientos secesionistas que han fundado su acción en contenidos culturales y simbólicos, pues de cultura hablamos, mal que les pese a sus detractores que tan sólo tienen ojos para ver tortura, cuando de toros se trata. En definitiva, insistimos, el adjetivo nacional es un argumento antitaurino más, como puede comprobarse con lo ocurrido en Cataluña, región en la cual ya no se celebran corridas de toros, pero sí otros espectáculos taurinos poco o nada reglamentados en los que no es infrecuente que ocurran percances per accidens.
Si esta es la actitud de la Cataluña independentista a fuer de hispanófoba, aquella en la que se prohíben los festejos taurinos y se margina al idioma español, en las Vascongadas, territorio en el que la bandera española ha sido omitida o escondida desde hace décadas, ocurre un fenómeno curioso que nos hace volver la mirada sobre el lienzo de Regoyos. Actualmente, el pintor asturiano tendría abundante materia taurina, pues Bilbao sigue siendo una plaza muy importante, sin embargo, nadie en Pasajes adornará su balcón con la enseña nacional, que hace décadas desapareció para dar paso a un remedo de la Union Jack salido de las racistas manos aranianas. Perseguida la bandera, los toros parecen hoy a todavía salvo, acaso porque más allá de su popularidad, que alcanza su cénit en la Pamplona sanferminera que universalizó Hemingway y que alimenta el anhelo de los que sueñan con darle forma política a Euskal Herria, pertenecen a la identidad cultural de un pueblo que se ufana de milenario y de cultivador de sus esencias. A su modo, los toros son también la fiesta nacional de Euskal Herria.
Apuntalando la pertenencia al acervo cultural vasco, el historiador José Letona sostenía que el toreo a pie tenía su origen en el fragoso Pirineo vasco-navarro, tierra en la cual los pastores no podían conducir a caballo a los bravos, teniendo que recurrir con frecuencia al engaño de su capa. Abundando en sus investigaciones, sostenía Letona que ya existieron profesionales vascos de la lidia a principios del siglo XV. Hombres que ganaban sus dineros en plazas como las de Mondragón, Tolosa, San Sebastián o Pamplona. Acaso también en la de Pasajes, municipio al que la normalización lingüística eusquerizó su nombre hasta convertirlo en Pasaia, y lugar en el que vio sus primeras luces nada menos que Blas de Lezo, vencedor del almirante Vernon en Cartagena de Indias. Acaso en su niñez, don Blas pudo ver correr toros en la misma plaza que pintó Regoyos, cerca del puerto donde una gran cadena cerraba el paso a visitantes indeseados. Inspirándose en aquellas cadenas de la infancia, Lezo colocó unas similares en la boca del puerto colombiano, tras las cuales aguantó las embestidas inglesas hasta lograr una victoria que, de no haberse producido, hubiera dado paso a una América muy diferente a la actual. Un continente en el que  probablemente no se celebrarían las corridas de toros que hoy sobreviven en las principales urbes virreinales pero en el que, sobre todo, habría desaparecido el idioma español que hoy nos permite asentir y disentir con cientos de millones de hispanohablantes.

Podemos asume la Leyenda Negra

lunes, 15 de enero de 2018

Apunte sobre Tabarnia

Artículo publicado el lunes 15 de enero de 2018 en el blog de Carmen Álvarez Vela:
https://carmenalvarezvela.wordpress.com/2018/01/15/apunte-sobre-tabarnia-por-ivan-velez-ivanvelez72/amp/

Apunte sobre Tabarnia

La internacionalización del conflicto. Décadas después de su puesta en marcha, el proceso de mutilación y robo de una parte española al resto de compatriotas, ha alcanzado sus últimos objetivos propagandísticos. En efecto, el martes 16 de enero de 2018, Albert Boadella será investido presidente, en el exilio madrileño y previsiblemente a través de telepantallas, de la imaginaria Comunidad Autónoma de Tabarnia, adelantándose a la toma de posesión de Carles Puigdemont, una vez haya sido retorcido convenientemente el reglamento de una cámara regional en la que sus más fanatizados seguidores ven el hemiciclo de una república. Si de ficciones se trata, el dramaturgo es muy superior al prófugo, y no cabe duda de que la prensa internacional, sin necesidad de compra de voluntades, se hará eco de un acontecimiento que Boadella pondrá en escena magistralmente, pues conoce bien el paño de aquellas textiles tierras. La inclusiva Tabarnia se anticipará a la excluyente Catalunya, dando cauce a los anhelos de gran parte de los avecindados en Barcelona y Tarragona, hartos de la asfixiante atmósfera generada por la prensa mercenaria, el quintacolumnismo infiltrado en los mozos de escuadra y la molesta incursión de la división carlistoide y acorazada que ha dado nombre a Tractoria. Cataluña, vivirá así un momento festivo, un paréntesis dentro de la quiebra económica producida por el saqueo de algunas familias y la asfixia producida por el mantenimiento de mansos propagandistas y paradiplomáticos paniaguados; y de la aún más grave quiebra, la social, conseguida gracias a la marginación  durante décadas de quienes se llamó inmigrantes antes de inyectar en su progenie el desprecio a sus hispanohablantes mayores.

Contrafigura de la Cataluña pujolista, Tabarnia es el producto del tránsito por el Callejón del Gato del proyecto racista, clasista y rapaz de ciertas elites locales arropadas por la complicidad de los gobiernos de la Nación. La nueva región que nutre los sueños de muchos, se mira sin complejos en el espejo catalanista para arrojar sobre los depredadores que lo detentan, argumentos reflejos, ecos de un desván de Dorian Gray pleno de aire viciado. Ante la rendición de los partidos que se dicen nacionales al tiempo que elevan fronteras entre los ciudadanos, la broma, convertida en posibilidad, amenaza con cristalizar y servir de modelo a todos aquellos colectivos ninguneados por la España de las nacionalidades y regiones, las señas de identidad y el agua bendita. Porque, al cabo, Tabarnia no es sólo el grito desacomplejado de aquellos que han decidido abandonar los estrechos y odiosos márgenes de la realidad catalanista, sino la de todos aquellos españoles descontentos con una España que ha ofrecido, mal que les pese a sus voceros, su rostro más reaccionario.

Telepresidencia

Artículo publicado el 12 de enero de 2018 en Libertad Digital:
Telepresidencia

En medio de la deserción de muchos de los integrantes profesionales de las cada vez menos prietas filas del secesionismo catalán, la brumosa figura del huido Carles Puigdemont mantiene una presencia cimentada en las tecnologías vinculadas a la imagen. A través de las diferentes telepantallas, el verbo del gerundense llega puntualmente a sus más arriscados seguidores, aquellos capaces de ver heroicidad en el abandono de la patria oculto en un maletero, los mismos que entienden como penitencia la regalada vida del ex presidente en Bruselas.
En este contexto, mientras el plazo para constituir el nuevo gobierno de Cataluña se va agotando, don Carles maniobra para conseguir ser investido presidente in absentia. O lo que es lo mismo, sabedor de que si se personara en el hemiciclo barcelonés para postularse como candidato al más alto cargo político de Cataluña sería detenido, pretende revestirse de su antigua autoridad sin pasar por tan delicado trance. Tal posibilidad ofrece, no obstante su evidente oportunismo, un interesante motivo de reflexión en relación a los parlamentos, muchos de los cuales se alojan en arquitecturas decimonónicas de aromas clásicos. Concebidos para el ejercicio de la elocuencia, con la tribuna de oradores como foco principal, los escalonados salones han ido convirtiéndose, fieles reflejos de la partitocracia reinante en España, en un lugar en el cual los diversos bandos exhiben su sectarismo, también llamado «disciplina de voto». Una obediencia tan obscena, que a menudo ofrece la imagen de un maestro de ceremonias que, brazo en alto, indica a los autómatas de su parcialidad el botón que han de pulsar para sacar adelante la iniciativa de turno.
Teniendo todo esto en cuenta, el planteamiento de Puigdemont, más allá de los objetivos personales y programáticos que esconde: el medro personal y el proyecto de voladura de la Nación española mediante el robo de una parte de su territorio, sirve para poner en cuestión algunos de los principales rasgos de la democracia de mercado pletórico que funciona razonablemente en España tras las décadas de acumulación capitalista posibilitadas por el franquismo. En definitiva, el sistema puesto de largo en 1978 funciona razonablemente para amplios sectores, hasta el punto de que las alternativas ensayadas, apoyadas en aventuras personales o en la interpretación de la sacrosanta voz del pueblo, sencillamente no han podido. Cimentada sobre una calculada ambigüedad favorecedora de determinadas regiones y oligarquías económicas e ideológicas, la Constitución española ha dado frutos tan logrados como el del compatriota Puigdemont, imaginativo y desleal, pero en ningún caso despreciable políticamente, por cuanto representa a muchos españoles deseosos de dejar de serlo para, dicen con candorosa ingenuidad o altas dosis falsa conciencia, «decidir su futuro».
Enfrentado a otras facciones del catalanismo unidas por su hispanofobia, superviviente a su quema en efigie por parte de algunos de sus compañeros de viaje cada vez más ansiosos de sustituirle, Puigdemont representa una alternativa a la opción plañidera y sentimental del beato Junqueras que consume sus días en Estremera enviando epístolas transidas de cursilería. Lejos del tedioso patio de la cárcel mesetaria, el de Amer encarna la esperanza de una internacionalización del conflicto, todavía precaria, cuyo futuro pasa forzosamente por mantener la tensión gracias a un mundo digital que ha sustituido al vegetal, representado por los ya inexistentes pasquines y carteles cuya pegada nocturna es más bien simbólica y, en todo caso, ecológica. Sin embargo, y a pesar de que todos sean conscientes de tal desplazamiento tecnológico, la presencia corpórea sigue siendo manteniendo cierto prestigio, acompañado de cierto fetichismo, entre las gentes de la política, tan pendientes de los finis operantis como de los finis operis. No en vano los atributos personales de cada candidato constituyen a menudo algunas de sus mayores fortalezas en un mundo político cada vez más homologado en lo discursivo. Ante las enormes semejanzas programáticas de las diferentes marcas, un flequillo, un bigote, una coleta o un color de piel particular, siguen operando, ya para atraer ya para repeler, en el momento en el cual el elector acude a escoger su mercancía en un escaparate político a menudo tallado bajo el canon demoscópico. Pese a todo, y pues los candidatos, en su pulcritud o desaliño, son cada vez más producto de una estudiada mercadotecnia, la opción barajada por Puigdemont plantea oportunamente una pregunta: ¿es imprescindible su presencia en carne mortal o basta con una presencia virtual?
Pregunta que corre pareja a las acciones realizadas durante años por el aparato paradiplomático de la administración catalana, aquel, invisible en el Principado, al que se destinaron ingentes cantidades de dinero que buscaban comprar voluntades, encontrar cómplices avecindados muy lejos del Parque de la Ciudadela, algunos de los cuales han podido colaborar con el bando golpista gracias a sutiles plataformas digitales. En estas circunstancias, la posibilidad de que se llevara a cabo una teleinvestidura, por más extravagante que parezca, cobra fuerza una vez agotados los subterfugios legales para excarcelar a Junqueras. Convertido en El Ausente, el empecinado Puigdemont ha propiciado una pugna en relación a la confección de una mesa, la del Parlamento de Cataluña, que soporta el tapete sobre el que se desarrolla el sordo juego de tahúres previo a una eventual telepresidencia, sólo sería posible tras un cambio de reglamento que colmaría los anhelos de Puigdemont quien, a 1.400 kilómetros de distancia del escenario de su acción de gobierno, convertiría en institución aquella tan criticada aparición en plasma de Mariano Rajoy.
Acaso el mayor valor del propósito de Puigdemont, más allá del mesianismo que siempre albergan los proyectos liberadores, por más delirantes que estos, como es el caso, sean, es mostrar la verdadera naturaleza de la democracia representativa, tan dada a la reelaboración de la geometría electoral en virtud de los pactos de gobernabilidad que suceden a las urnas. Un sistema que, pese a sus límites, se enfrenta a la pretendida pureza del asamblearismo, tan facilitada en la actualidad gracias a los dispositivos electrónicos que acercan a la yema de los dedos la posibilidad de participar en política, pero cuyo vigor se desvanece en el momento en el que los ciudadanos deciden no involucrarse constantemente en las tomas de decisión. Frente al influjo democrático ofrecido por una tecnología que permite al elector mostrar inmediatamente sus preferencias con la simple incorporación de su firma, corre paralelo el desistimiento forzado no sólo por el tedio, sino por la ignorancia ante cuestiones cada vez más técnicas y sofisticadas. Un dilema que, como el viejo Platón supo ver, tan sólo lo deshace la vanidad. Desengañado con la democracia ateniense que suministró cicuta a su maestro Sócrates, el de Atenas escribió:
«Yo opino, al igual que todos los demás helenos, que los atenienses son sabios… Cuando nos reunimos en asamblea, si la ciudad necesita realzar una construcción, llamamos a los arquitectos… si de construcciones navales se trata, llamamos a los armadores… pero si hay que deliberar sobre la administración de la ciudad, se escucha por igual el consejo de todo aquel que toma la palabra… y nadie le reprocha que se ponga a dar consejos si no ha tenido maestro.»

jueves, 11 de enero de 2018

Symple ¿ké? - Entrevista a Iván Vélez

Entrevista realizada por Santiago López el 29 de diciembre de 2017 en Cuenca
https://www.youtube.com/watch?v=sksie2yOhBg&feature=youtu.be&app=desktop

De Juan a Carles, de Lisboa a Bruselas

Artículo publicado en El Asterisco el 7 de enero de 2018:
https://www.elasterisco.es/de-juan-a-carles/

De Juan a Carles, de Lisboa a Bruselas

Buscando el calor de la facción más reaccionaria e hispanófoba de Flandes, Carles Puigdemont atravesó la frontera de su nación, España, dejando atrás la sedicente República Catalana. Al parecer, el prófugo de la justicia atravesó los Pirineos escondido en el maletero de un coche y, una vez en suelo francés, informó a sus compañeros de correrías golpistas de su iniciativa escapista. El día 2 de noviembre, Oriol Junqueras, principal competidor en la pugna por presidir la república en la que muchos catalanes anhelan convertir a la región catalana, ingresaba, acompañado de varios compañeros de viaje, esta vez a bordo de un furgón policial, en la prisión de Estremera.
Apenas mes y medio más tarde, con el artículo 155 de la Constitución española suavemente aplicado por el Gobierno, los catalanes volvieron a citarse con las urnas, en este caso gracias a unas elecciones legales cuya celebración vino impuesta, ya por cálculo electoral ya por el reverencial respeto que se tiene en España por el separatismo, por Ciudadanos y PSOE. Como era previsible, el resultado de los comicios volvió a mostrar la evidencia de una sociedad escindida en dos bloques en los que ha perdido peso un Partido Popular que, gobernando la nación, ha dejado desamparados a aquellos que defienden la condición española de Cataluña; y una CUP cuyo cóctel anarquizante, verdoso y feminista, comienza a resultar indigesto a muchos de sus impulsores.
En este contexto, frente al gran éxito de Ciudadanos, el vencedor por el lado independentista ha sido el huido Puigdemont, capaz de mantener la tensión de su fanatizada grey desde Bruselas gracias a la colaboración de muchos medios de comunicación, algunos financiados con dinero público, siempre dispuestos a dar la palabra al huido. Sin embargo, una sombra se cierne sobre el político gerundense: si acude al Parlamento de Cataluña para tomar posesión de su cargo, será inmediatamente detenido, siendo más que probable su alojamiento en una prisión.
Ante tan complicado panorama, no han faltado los testimonios de muchos rigoristas del catalanismo, favorables incluso a que Puigdemont presida la Generalidad desde su palacete bruselense haciendo de la aparición en plasma, virtud. Tal posibilidad nos ofrece un paralelismo histórico que nos conduce a otra figura política que operó, en la medida de sus posibilidades y de las del contexto de su época, desde fuera de España. Nos estamos refiriendo a Don Juan de Borbón, Conde de Barcelona, que maniobró desde Portugal mientras consumía sus días entre las brumas marinas y el cargado ambiente del Casino de Estoril. Rodeado por una serie de cortesanos que se movían entre el servilismo y el posibilismo, Don Juan, a quien no le fue permitido enrolarse en el bando franquista durante la Guerra Civil, vio desde su exilio cómo sus opciones de reinar España se marchitaban, contribuyendo incluso a ello cuando accedió, en agosto de 1948, a que su hijo fuera educado en España bajo la tutela del Caudillo. Entre la finca Las Jarillas y el donostiarra Palacio de Miramar, Don Juan Carlos, el rey que ceñía la corona española durante la Transición española, recibió una cuidada educación en España, mientras su padre, apodado a la malicia como Don Juan Tercero Izquierda por sus veleidosas relaciones con la socialdemocracia, recibía diferentes embajadas cargadas de promesas de lealtad. Cuando aquel hombretón quiso darse cuenta, su tiempo había pasado, y España, rediseñada bajo los asimétricos patrones de las nacionalidades y regiones, estaba en manos de una nueva generación de políticos demócratas y europeístas.
Genuino producto de esa nueva España obsesionada con el hecho diferencial, Carles Puigdemont fue ascendiendo laboral y políticamente desde su Amer natal gracias a la tupida red clientelar tejida por la administración catalana nacida gracias a la Constitución del 78 y al respaldo del Gobierno de turno. La prensa subvencionada fue la plataforma desde la cual medró antes de incorporarse a las filas un pujolismo que por entonces -cosas veredes- hacía del España nos roba su bandera. Refundada bajo diversos nombres, la facción catalanista bajo cuyas estructuras se institucionalizó el expolio del dinero público mientras se agitaban campañas de odio a España, fue dejando cadáveres políticos, hasta que le llegó su turno a Puigdemont, aupado a la presidencia catalana gracias al voto, siempre crítico, pero favorable al catalanismo, de la CUP.
Máximo representante del Estado en Cataluña, Puigdemont llegó más lejos que cualquiera de sus antecesores en sus exhibiciones de hispanofobia, contribuyendo, gracias a los enormes recursos regionales siempre al servicio de la causa, a dibujar una horrible imagen de la nación, que las numerosas pseudoembajadas catalanas repartidas por el mundo, se ocuparon de difundir internacionalmente. La caricatura necesitaba también del establecimiento de nuevos paralelismos. Sin en el imaginario catalanista, Franco, el mismo que industrializó Cataluña a costa de la descapitalización humana de muchas comarcas castellanas, era el mal absoluto, su impronta seguiría presente en una España convertida en la inmutable e intolerante Francoland. Para completar la escena, hasta el propio presidente español, Mariano Rajoy, es otro gallego que incluso ha mostrado recientemente su insensibilidad, alborotando el gallinero galleguista que Fraga delimitó y Núñez Feijoo alimenta, al cometer la osadía de tuitear «Sangenjo» en un anodino mensaje escrito en español.

Así las cosas, mientras los días corren en pos de la fecha señalada para constituir gobierno en Cataluña, Puigdemont permanece en Bruselas, permitiéndose desahogos tales como el de pedir al Presidente de España una entrevista en territorio europeo, cita que recuerda el encuentro que Don Juan, depositario la legitimidad monárquica, tuvo con Franco en el Azor. Necesitado de visibilidad mediática, experto en el manejo de la propaganda, Carles espera su oportunidad, sabedor de que la España constitucional nunca abandona a sus enemigos. Sin embargo, el paso de los días puede servir para que las prietas filas del golpismo comiencen a acusar las primeras tensiones y fisuras, y ante las evidentes limitaciones que tendría un presidente ausente, no es descabellado pensar que surgirán o reaparecerán personalidades que se postulen para llevar al catalanismo a la tierra prometida de la independencia. En tal sentido, el tiempo corre en contra de un expresidente que no podrá explotar indefinidamente su ficticia condición de exiliado. De continuar en Flandes, la figura de Puigdemont, como en su día la de Don Juan, puede pasar a un segundo plano hasta difuminarse, pues el olvido, como advierte el tango, todo destruye.

domingo, 24 de diciembre de 2017

Puigdemont ante los Pirineos

Artículo publicado en Libertad Digital el viernes 22 de diciembre de 2017:
http://www.libertaddigital.com/opinion/ivan-velez/puigdemont-ante-los-pirineos-83999/

Puigdemont ante los Pirineos

A lo largo de la Historia, muchos han sido los personajes que han alcanzado trascendencia tras franquear determinados accidentes geográficos. Alejandro alcanzó su apoteosis tras cruzar el Helesponto; Julio César sólo fue posible después de franquear el Rubicón y Hernán Cortés fue mucho más que un rescatador de oro después de barrenar y echar al través sus naves en la costa veracruzana. El paso del tiempo ha ido añadiendo veladuras y un cierto halo de providencialismo a aquellos hombres hoy ocultos tras su propio mito. Siglos más tarde, trocadas las lanzas por las papeletas, convertidos los lazos amarillos en textiles escudos frente a las porras policiales españolas, un hombre liga su futuro, y al parecer el de su pueblo –un sol poble- a los Pirineos. Su apellido atesora incluso fragosos ecos: Puigdemont.
Huido a Bélgica cuando la maquinaria judicial comenzó operar y a encarcelar a algunos de sus compañeros de sedicioso viaje, Carles Puigdemont ha asistido desde Bruselas a su victoria sobre el piadoso recluso que atiende al nombre de Oriol Junqueras. Los números cantan y es evidente que el bloque separatista supera con creces al patriótico, y es en ese contexto en el cual el de Amer, presentado ante su fanatizada parroquia como un exiliado en lugar de como un huido, aparece como el posible nuevo presidente de la Generalidad. Con el zigzag pirenaico recortado sobre su horizonte político, Puigdemont habrá de decidir si atraviesa la cordillera para tomar posesión de su posible cargo, decisión que llevaría ligada su más que probable internamiento en un centro penitenciario. Superada la resaca electoral, comienza el juego partitocrático, y si para muchos viajeros impertinentes África comenzaba en los Pirineos, para el cabeza de lista de Juntos por Cataluña, la sedicente república catalana espera tras la cadena montañosa.
Arropado por unos flamencos alejados mil leguas del flamenquismo que tanto nutrió las fobias del catalanismo auroral, comparte Puigdemont con muchos de sus enemigos políticos la fascinación por Europa, terreno en el cual ha intentado, acogiéndose a la vieja melodía vascongada, «internacionalizar el conflicto». Al cabo, orteguianos todos, la amplia mayoría de los españoles que acceden a los escaños comparte un mismo credo: España es el problema y Europa la solución. Una Europa sublime reestructurada en el tiempo de silencio de la Guerra Fría, en la que el ex presidente ha intentado, sin éxito por el momento, encontrar cómplices para su proceso de mutilación de la nación española. La misma que acogió a un heterogéneo grupo de españoles que sentaron, sépalo o no el fugado y sus correligionarios, muchas de las bases ideológicas en las que se apoyan los catalanistas de hogaño, inhabilitados para continuar por la senda de la frenología tras la caída del nazismo. Fue precisamente en el mismo año en el que Carles vio sus primeras luces, 1962, con un franquismo bendecido por Eisenhower y renovado por el Plan de Estabilización, cuando la España franquista solicitó su entrada en el club europeo, por aquel entonces llamado Comunidad Económica Europea. La vitola anticomunista operaba a favor del ingreso, mas el déficit democrático, tan señalado por el socialista Birkelbach, frenaba la incorporación al Mercado Común capitalista que se alzaba, tras beneficiarse de los efectos del Plan Marshall, ante el gigante soviético. En tal contexto, ciertos grupos distanciados o abiertamente hostiles a la línea oficial del régimen, llamaron la atención de unos Estados Unidos, que trataban de darle a la vieja y reconstruida Europa una estructura federal. Como mascarón de proa política del grupo figuraba un hombre llamado Dionisio Ridruejo, cuya vieja camisa azul ya se había desteñido entre la decepción por el desarrollo del Régimen y la aparición de una nueva pasión socialdemócrata.
El lugar donde debía cristalizar esta vía alternativa, a la cual fueron convocados democristianos, liberales, republicanos, socialistas y nacionalistas fragmentarios, fue Múnich. Sin embargo, el contestatario Ridruejo se hallaba privado de pasaporte, y no podía abandonar España. Semejante obstáculo legal no frenó al antiguo miembro de la División Azul, que decidió cruzar los Pirineos en el sentido opuesto al que ahora se plantea Puigdemont. Así las cosas, el vate soriano, acompañado por Fernando Baeza y José Suárez Carreño, pasó por Barcelona, donde le esperaba Antonio de Senillosa. Desde la ciudad condal, en una ruta parecida a la recorrida por Puigdemont, pasó por Gerona hasta llegar a las faldas de la cordillera. Una vez allí, con la ayuda de un guía conocedor de las sendas del contrabando, franqueó los pasos de montaña que conducen a Francia. Obligado por el esfuerzo, el frágil corazón de Ridruejo sintió la punzada de una angina de pecho cuyos efectos a largo plazo, unidos a la longevidad de Franco, bloquearon la posibilidad de acceder al poder aupado en una serie de plataformas socialdemócratas convenientemente dolarizadas. Superada la crisis cardiaca, el opusino Pepín Vidal Beneyto llevó a Ridruejo en su coche hasta Estrasburgo. Desde allí, y gracias a otro contrabandista, entraron en la Alemania Occidental, donde se celebraba el  IV Congreso del Movimiento Europeo, rebautizado por el régimen franquista como el Contubernio de Múnich. La efectista entrada de Ridruejo en los salones en los que se celebraba el Congreso, auspiciado por los Estados Unidos y organizado por los ex trotskistas Julián Gorkin y Enrique Adroher, Gironella, provocó una estruendosa ovación. El Contubernio tenía también una dimensión belga, sustanciada en la «Declaración del Consejo Belga del Movimiento Europeo sobre la necesidad y la urgencia de la creación de instituciones políticas comunitarias europeas». El Consejo, creado en febrero de 1949, buscaba la libre circulación de ciudadanos, mercancías, servicios y capitales, bajo el manto protector de la democracia. Su objetivo era claro, literalmente se buscaba «la instauración de una Federación democrática europea dotada de todas las instituciones legislativas, ejecutivas y judiciales». La estructura prevista debía ser la de una «verdadera federación, respetuosa con la persona humana, la originalidad de las colectividades locales y de la individualidad de cada nación, comportando un Gobierno Europeo, un Consejo de Estados, una Asamblea elegida por sufragio universal, un Consejo Económico y Social y una Corte de Justicia». Todo ello exigía sacrificios: «ciertas transferencias de soberanía».
La euforia congresual pronto se topó con la obstinada realidad. Muchos de los participantes sufrieron el confinamiento o la pérdida de sus puestos de trabajo, al no existir caja de resistencia que paliara tales daños. El ex falangista Ridruejo permaneció en un tiempo en el exilio parisino desde el que pudo mantener el nexo norteamericano antes de regresar a España y fundar una serie de organizaciones socialistas atravesadas por el mismo federalismo que inhaló en Múnich y que sigue aureolando a los principales partidos españoles autodefinidos como «de izquierdas».

El catalanismo también salió reforzado de Múnich, y estableció una sólida y duradera alianza con el resto de fuerzas antifranquistas, dando como resultado más visible la implantación en España de un Estado Autonómico obsesionado con la exacerbación de las diferencias regionales. En ese caldo de cultivo es donde creció Puigdemont, guardián de las esencias indigenistas de Cataluña, quien, aupado por el plasma belga, se ha impuesto al sentimental Junqueras, incapaz de rentabilizar su suave martirologio carcelario. Desde Bruselas, Carles contempla los Pirineos abrumado por un dilema hamletiano.

martes, 5 de diciembre de 2017

España, palabra tabú

Artículo publicado el 5 de diciembre de 2017 en Kosmos-Polis:

http://www.kosmospolis.com/2017/12/2086/?utm_source=dlvr.it&utm_medium=twitter

Entrevista en El Envés de la Página

Entrevista para El Envés de la Página, grabada el 4 de diciembre de 2017:
https://www.youtube.com/watch?v=d83ctKKOrBY

Feijoo, la razón con faldas

Artículo publicado el 9 de noviembre de 2017 en Red Floridablanca:
http://www.redfloridablanca.es/feijoo-la-razon-faldas/
Feijoo, la razón con faldas

En 1970, Carmen Martín Gaite (1925-2000) publicó El proceso de Macanaz. Historia de un empapelamiento. La editorial que permitió reconstruir la convulsa trayectoria de Melchor Rafael de Macanaz (1670-1760) fue Moneda y Crédito, casa de libros vinculada a la Sociedad de Estudios y Publicaciones y, por ende, a personalidades como el banquero liberal y católico Juan Lladó (1907-1982), partícipe en la redacción de la Constitución de 1931 y fundador de la revista Cruz y raya. Revista de afirmación y negación (1933-1936). Como motor financiero de esta iniciativa editorial, operó el Banco Urquijo, que canalizó importantes fondos extranjeros que contribuyeron al fortalecimiento del colectivo liberal que fue cohesionándose durante el último tramo del franquismo.
Marcado por el apoyo de importantes sectores de la Iglesia que lo elevaron a la condición de Cruzada, el movimiento encabezado por Franco acusaba ya el paso del tiempo. Las costuras que unieron a diversos colectivos coyunturalmente unidos contra un enemigo común cuya capital se hallaba en Moscú, se fueron aflojando. Sofocados los más impetuosos ardores revolucionarios del falangismo, el grupo liberal comenzó a buscar referentes alejados del Altar, razón por la cual Macanaz, sometido a un proceso por parte de la Inquisición, era una pieza codiciada que sintonizaba con corrientes lejanas, aquellas que nos conducen a la Ilustración y su reivindicación. En tal contexto, las circunstancias personales por las que atravesó Macanaz propiciaron su rescate por parte de Carmen Martín Gaite, quien concentró sus esfuerzos en la reconstrucción de un personaje que simbolizaba a esa España que no pudo ser, en gran medida, tal es la interpretación más común, por una asfixiante atmósfera dominada por la Iglesia. La operación, favorecida por los 4.000 francos franceses que recibió la autora tres años antes en concepto de beca de libros otorgada por el Comité español del Congreso por la Libertad de la Cultura, permitía también establecer paralelismos con la España del tardofranquismo, toda vez que el Jefe del Estado había recibido las bendiciones eclesiásticas antes referidas. Con la Europa democrática y capitalista como estación término, una Europa que desde los Estados Unidos se deseaba federal, España estaba todavía a tiempo de vivir su hurtada Ilustración, pues se entendía que en la España dominada por frailes y curas no cupo tal posibilidad. Al cabo, nuestro país se había quedado al margen de la razón impulsada por personajes como Kant o Voltaire.
Es precisamente tal tesis, la de que en esa España a la que desde la perspectiva enciclopedista nada se debía, la que trataremos morosamente de contradecir en este breve artículo. Y lo haremos reivindicando otro racionalismo, el hispano, que siguió un curso distinto al europeo vinculado en gran medida a elementos propios de su ámbito filosófico, pero también de su escala imperial. Un racionalismo representado por del benedictino fray Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), autor del Teatro Crítico Universal (8 tomos, 1726-1739) y de las Cartas Eruditas y Curiosas (5 tomos, 1742-1760). Producto inequívoco de esa España que se quiso ver como representante de la superstición y el fanatismo, Feijoo estuvo incluso conectado con Macanaz, pues este, desde la prisión de La Coruña en que se hallaba recluido, le dirigió sus Varias notas al Teatro crítico de Feijoo, a cuya corrección van sujetas. Más allá del ámbito doméstico, y contraviniendo la idea de una España ensimismada y de espaldas a Europa, Feijoo estuvo al tanto de las obras de los principales ilustrados, en particular de las de su principal representante, Voltaire, a quien citó en una de su carta, «Paralelo de Carlos XII, Rey de Suecia, con Alejandro Magno». Junto a esta epístola debemos situar otro escrito que tuvo por protagonista a Rousseau: «Impúgnase un temerario, que a la cuestión propuesta por la Academia de Dijón, con premio al que la resolviese con más acierto, si la ciencia conduce, o se opone a la práctica de la virtud; en una Disertación pretendió probar ser más favorable a la virtud la ignorancia que la ciencia».
En definitiva, la obra de Feijoo, capaz de someter a crítica a tan señeras como mitificadas plumas europeas, demuestra hasta qué punto llegaban a España las principales obras y autores en los que se cimenta la Ilustración. Obras que, al tiempo que denostaban el carácter español, tuvieron una gran operatividad en un frente geopolítico concreto codiciado por las potencias europeas: los territorios hispanoamericanos, punto este en el que hemos de detenernos para mostrar algunas de las principales taras que acusa ese heterogéneo colectivo englobado bajo tan luminoso rótulo. Nos referimos, concretamente, a esa teoría cultivada en el blanco corazón europeo, según la cual los americanos, por causas climáticas y raciales, eran precoces en el aprendizaje, mas se estancaban a una edad temprana. Feijoo refutó tales tesis en lo relativo a los individuos, es decir, en lo que tiene que ver con la evolución de los «españoles americanos», pero también, transitando por la línea del dominico Vitoria, sondeó la posibilidad de emancipación de las sociedades americanas. De la influencia de Feijoo en los virreinatos da cuenta la ingente cantidad de volúmenes de su obra que circularon en vida del propio clérigo.


Momento es de regresar al último tramo de la dictadura de Franco, aquel en el que se sentaron las bases para que en España se alcanzara también, en palabras de Kant, la «mayoría de edad de la razón», entendiendo esta razón, política para más señas, como una razón democrática. En el incierto tránsito que condujo a la actual democracia coronada, los ilustrados europeos, junto con la figura de un rey, el cinegético Carlos III, fueron reivindicados como remotos precedentes de un tiempo en el cual no había cabida para faldas como las que vistió Benito Jerónimo Feijoo, a quien hemos querido rendir un fugaz homenaje en este escrito.